lunes, 11 de febrero de 2013

HOMENAJE A MI PADRE.Ternura y Sabiduría en un hombre del campo.




Mi padre nunca pisó la escuela. La Vida fue su gran maestra y él un excelente discípulo. Mientras pasaba horas y horas sentado en el tractor iba elaborando estrofas que memorizaba y luego recitaba en las reuniones de amigos.
Cuando se jubiló le invité a escribirlas. Juntas formaron el libro “Poema de un hombre del campo”. Para ese libro escribí un pequeño prólogo, casi en el mismo tono que sus versos, y que ahora, con ligeros retoques para acomodar las palabras a estos momentos, quiero compartir a modo de homenaje tras su paso a “la otra orilla de la vida”.

Y con él tres poemas:
-         el primero, “Recordando a mi madre” en la que evoca la muerte de su madre, mi abuela.
-         el segundo, “Pido perdón a un árbol” que expresa su relación con la naturaleza
-          y el tercero, “El emigrante”, un poema de más contenido social y que provocaba las lágrimas emocionadas de cuantos la escuchaban al recitarla.

Mi abuelo paterno fue maestro rural que enseñaba por los campos y cortijos y mi padre sembró de poesía los surcos que araba y que regó con el sudor de su cuerpo.
Algo de ellos queda ahora en mí: mi vocación de maestro y mi afán de impregnar la vida de la escuela, de los niños y de sus maestros, con el aroma de la poesía y de la belleza y con la fragancia del amor.

HOMENAJE A MI PADRE.

Querido Padre:
Estoy, sin duda, en uno de los momentos de mayor dificultad para las palabras. Hay quien dice que tengo facilidad para la escritura, pero hay momentos en los que quizá sea el silencio, o un prolongado abrazo, o un sentido beso.... los que mejor expresan lo que uno siente por dentro.
Sabes muy bien a qué me refiero porque tú mismo has vivido estos momentos de insuficiencia o limitación de la palabra. 

Así lo expresas en los poemas que escribes a la esposa de uno de tus hijos, a una amiga del alma y a tres sobrinos a los que amas en la distancia.


“Cuando escribo esta poesía
el bolígrafo se estremece
porque no puedo  escribir
lo que tú te mereces”.

“He escrito muchas poesías
algunas con  facilidad,
a la hora de escribir la tuya
no me podía concentrar.
Me reprocho ser tan torpe,
me lo reprocho mil veces,
por no poder escribir
todo lo que mereces”.

“La pluma tiembla en mis manos
cuando me pongo a escribir
porque son tantas las cosas
las que os quiero decir”.

Es ésa la misma dificultad que siento hoy ante el teclado.

Son tantas las cosas que te quisiera decir que la incapacidad me suda por las manos.

Tú las sabes de sobra pero de algunas de ellas quiero dejar constancia escrita, a ti que te debemos un nombre, un talante, un linaje, y sobre todo, la vida.

A través de tus poemas  he podido acceder a tu mundo más interno, a  tus emociones más hondas, a tus pensamientos secretos y así conocerte de otra manera, más completa, más certera.

En cada verso has hecho sonar tu cuerda más sensible y has lanzado al aire poemas de rabia, de alegría, de tristeza.... de vida.

Muchos de los poemas lo has ido gestando en el campo, junto al arado, y otros los has escrito en  tu último tiempo de jubilado.

Me emocionaba llegar a casa y verte acariciando el bolígrafo, en la misma mesa camilla en la que mi abuela pasaba largas horas bordando y en la que yo mismo entregué  mis mejores años estudiando.

Y  los recuerdos emocionados me brotan, con la misma frescura que los jazmines de mayo: sólo paz, alegría, dedicación y entrega hemos respirado a tu lado.

Recuerdo tus manos, modeladas por el frío y esculpidas por el calor, anotando las sacas y los kilos durante la campaña del algodón. Yo, mientras tanto, enredado con libros y cuadernos, te miraba de reojo y veía cómo te miraban los jornaleros.... como alguien honesto, como un hombre entero.

Y de cuando en cuando, mientras yo estudiaba en el comedor, te retirabas a tocar la bandurria, en la intimidad de tu habitación. Las melodías las reiterabas, una y otra vez, y aún puedo oírlas, decorando y embelleciendo mi etapa de la niñez.

Salías antes que el sol y regresabas a la hora del ocaso, con pelliza y en bicicleta, y sin apenas descanso. Tantas horas de trabajo, tantos litros de sudor, regaron nuestro futuro y hoy, gracias a ti, disfrutamos de lo mejor.

Con el tractor fuiste abriendo la tierra mientras tu corazón de poeta latía en pensamientos rimados. Tu poesía pone al descubierto un infinito potencial que no ha podido desarrollarse plenamente por las duras condiciones de vida que has tenido que vivir. En el poema que dedicas al abuelo, dices así:

“El abuelo fue un hombre
con talento especial
en la época que vivió
no lo pudo demostrar.
Cuántas veces me decía,
me decía en cada momento,
yo no quisiera morirme
sin decir lo que yo siento”.

Pero sin lugar a dudas, tu poema mejor logrado, tu poesía mejor construida,  no ha sido otra que tu propia vida.
Una vida de  trabajo, de convivencia, de respeto, de entrega generosa, de honestidad..... que han hecho de ti un hombre íntegro, una persona cabal.

Siempre te ha rodeado una atmósfera entrañable y más de una persona me ha dicho: Tú padre, tú padre.... tú no sabes lo que vale.
Sí que lo sé, porque yo también te admiro y reconozco tu entereza, y sé que de tus genes hemos recibido la honradez y la nobleza.

Todo el mundo te quería  y te respetaba, por algo será, todavía me sorprende tu apertura de mente y,  sobre todo, tu serenidad.

Y te doy las gracias por tu conducta  y por tu ejemplaridad, por el modo como has tratado y amaste  a mi madre, sin medida, sin límite y sin final.
Ni un solo mal gesto, ni siquiera la voz “levantá”, con qué tacto, con qué finura, la has comprendido y la has sabido tratar.

Ese será sin duda tu gran testamento, la herencia con la que yo me quiero quedar: tu mirada respetuosa, tu sacrificio, tu honradez, tu amor a las cosas sencillas y tu defensa de la verdad.

Como ves he escrito este líneas a tu modo,
con tu manera peculiar de rimar,
es como decirte,
 una y mil veces más,
gracias por lo que escribiste en nuestras vidas,
gracias por todo, papá.

Y cuando llegue mi hora,
qué también me llegará,
a sabiendas de que Dios goza ya de tu presencia,
espero que seas tú quien me abra las puertas,
las puertas de la eternidad.

  José María Toro.

RECORDANDO A MI MADRE

 
El diecisiete de Septiembre
yo recuerdo, madre mía,
que te di el último beso
en aquella frente fría,
lo recuerdo con mucha pena
las veinticuatro horas del día.

Cada vez que lo recuerdo
siento angustia en la garganta
¡ay! qué pronto se nos fue
aquella madre tan santa.

Parece que te estoy viendo
el día antes de operarte,
me cogiste de la mano,
ay! de qué forma me miraste.

Parece que Dios te dijo
y te pudo convencer
que tú me estabas mirando,
mirando por última vez.

Por los senderos del amor
tú siempre fuiste caminando
y después de tanta pena
moriste perdonando.

A tus hijos los quisiste
con tanto cariño y amor
que por eso siempre te llevo
en el fondo de mi corazón.
Dentro de aquella choza
que el aire balanceaba
con el candil en la mano
con las mantas nos tapabas.

A las primeras claras del día
que ya se esconde el lucero
en la chimenea no tenías
ni para echarle leña al fuego.

Cuántas fatigas pasaste
lo recuerdo, ¡madre mía!
que tú llorabas por dentro
y por fuera te reías.

Recuerdo aquella noche
que el pantalón me cosías
y yo te ensartaba la aguja
porque tus ojos no veían.

Tus manos quemadas del frío
en tu cabeza el pañuelo,
cuánta penuria pasaste
lavando en aquel cañuelo,
aquella canasta grande
y el cubo de ropa lleno.

Trabajaste con amor
pero tuviste que sufrir tanto
que siendo joven todavía
ya tenías el pelo blanco.

Que envidia le tengo al sol
con esos rayos calientes,
que se van todas las tardes
pero vuelven al día siguiente.

Tú te fuiste madre mía
Un día de madrugá
Y te fuiste para siempre,
para toda la eternidad.

Cuando yo voy a la tumba
nunca te llevo una flor
pero te transmito cariño
con todo mi corazón
porque las flores se secan
con los rayos del sol.

A veces me pregunto
con el alma muy despierta,
te haría alguna vez daño
sin que yo me diera cuenta.

Quisiera tenerte aquí,
eso bien lo sabe Dios,
que del brazo te cogería
para que tomaras el sol.

Recuerdo cuando pequeño
que a ti te daba alegría
cuando en lo alto de una silla
te recitaba poesía.

Te he escrito esta poesía
mientras mis ojos están llorando,
yo sé que tú desde arriba
ahora me estás escuchando.

La muerte nunca perdona
ni al rico ni al mendigo,
yo tengo muchos años,
ya pronto estaré contigo.

 
PIDO PERDÓN A UN ÁRBOL.


Con un hacha afilada
muchos cortes te di
pero fuiste duro y fuerte
y conseguiste vivir.

Todos los años te cortaba
y tú sin dejar de crecer,
fuiste tan valiente
que rompiste la pared.

Cuántas veces te corté,
te cortaba cada día
pero ya me convencí
que contigo no podía.

Preguntándome a mí mismo
entonces me convencí
que con la sabia naturaleza
no se puede combatir.

 Ya te has puesto grande y fuerte
y tus hojas con gran verdor,
cuando me siento a tu sombra
quiero pedirte perdón.

Tus ramas las mueve el viento,
tus raíces la alimentan,
cuando me apoyo en tu tronco
a veces siento vergüenza.

Cuando mi ropa se moja
y se humedece con el sudor
me pongo bajo tus ramas
para quitarme del sol.

Entre tus ramas observo
como vuela el gorrión
que va buscando su nido
y en su pico un cigarrón.

Alimenta a sus polluelos
con insectos y con amor,
se refugia entre tus hojas
para protegerse del calor.

Y cuando el gato ataca
al gorrión volantón,
se refugia en tus ramajes
y le brindas protección.

Con ese tronco tan grande
tus ramas miran al cielo
y cuando pasa el verano
entregas tus hojas al suelo.

Eres tan inteligente
y te admiro de tal manera
porque tus ramas brotan de nuevo
cuando llega la primavera.

En mis ratos de soledad
le doy vueltas a mi cabeza
cuánto daño hace el hombre
a la sabia naturaleza.

Tengo una deuda contigo
que la tengo que cumplir,
yo  regaré tus raíces
para que puedas vivir.

Cuando pienso lo que hice
la vergüenza me agacha
jamás nunca en la vida
volveré a coger un hacha.

 
                                                         EL EMIGRANTE


Un día amargo para un hombre
un veinticinco de enero
que recibe un pasaporte
para marcharse al extranjero.

Le dice su familia
y le dice el pueblo entero:
tú no eres español,
que ambicionas el dinero,
que abandonas tu patria
y te marchas al extranjero.

Y ante aquellas palabras
el hombre se queda cortado,
pero piensa y razona
y después ha contestado.

Soy español y cristiano
y a mi pueblo yo venero
pero no se puede vivir
si no se gana dinero
y esa es la causa horrible
que me impulsa al extranjero.

Se monta el hombre en el tren,
a Francia se dirigía,
su madre, mujer e hijos
en la estación le despedían.

Cuando pone su maleta
se asoma a la ventanilla
sus lágrimas le corrían
por el ancho de sus mejillas.

Cuando emprende su marcha
él se cambia de vagón
con lágrimas en los ojos
y pena en el corazón.

Porque abandona a sus hijos
y abandona su nación
y llorando como un niño
le pide clemencia a Dios.

¡Ayúdame Señor Mío!
para que pueda volver
y estar al lado de mi madre,
de mis hijos y mi mujer.

Kilómetro tras kilómetro
España la atravesaba
cuando llegó a la frontera
aquel hombre suspiraba
con una pena profunda,
con angustia en la garganta.

No suspira por cobarde
ni mucho menos ¡Díos mío!.
Suspira porque se aleja
de su nación y de sus hijos.

Y ya en tierras francesas
aquel obrero español,
con veinte duros de fondo
y sin tener colocación.
Eso aburre y entristece
al hombre de más labor.

El habla y no lo entienden,
no sabe dónde va a ir,
preguntando como pudo
el hombre llega a París.

A los cuatro o cinco días
encuentra colocación
y con la ayuda de un paisano
trabaja en la construcción.

Trabaja de noche y de día
con esmero y mucho amor
para ahorrar unos cuartos
y regresar a su nación.

El hombre sigue luchando
y cuando más tranquilo estaba
llega el cartero a la obra
y le entrega un telegrama,
el hombre se estremeció
cuando vio que era de España.

Pálido como la cera
¡Dios mío esto que es!
con sus manos temblorosas
está rompiendo el papel
porque sabe que nada bueno,
nada bueno puede ser.

Queda inmóvil y suspira
cuando dice el contenido
“un familiar tuyo grave,
ponte urgente en camino,
aquí en tu pueblo te espera
éste tu mejor amigo.


Va al maestro de la obra
le  dijo que se marchaba,
en el primer tren que pasó
para España regresaba.

Aquel hombre se pregunta
cuando iba montado en el tren:
será mi Antonio o mi Juan,
o será mi Rafael.

Será mi madre querida
o acaso mi mujer.
Aquellas revelaciones
le hacen padecer.

Cuando termina su viaje
y a su pueblo llegaba
aquel amigo tan fiel
en la estación lo esperaba.

Se abrazaron los dos hombres
al tiempo que preguntaba:
“Dime tú, querido amigo,
qué ha sucedido en mi casa”.

El amigo le contesta
sin decirle la verdad:
“Uno de tus tres hijos
en la cama grave está”.

El hombre salió corriendo
abriéndose paso entre la gente
y cuando entra en su casa
un hijo de cuerpo presente.

Aquel hombre dio un “chillio”
y cayó al suelo inconsciente
entrándole un sudor frío
que le bañaba la frente.

Una anciana que es su madre
y que apenas puede andar
quiere cogerlo en sus brazos
y empieza a suspirar,
porque llorar ya no llora,
no le quedan lágrimas ya.

Con sus manos en cruz
ella le ruega al señor
que le dé a su hijo salud
y le dé resignación.
A aquella vieja que es santa
se le parte el corazón.

Entra su  esposa querida
con el corazón derretido
y con una sonrisa en sus labios
porque no sabe qué hacer
para poder consolarlo.


Cuando el hombre vuelve en sí
a su hijo lo cogió
y en aquella frente fría
muchos besos le dio.

Y llorando le decía:
“Pero qué he hecho yo
para que tan terriblemente
me castigue el Señor”.

Ya no te veré salir
con tu cartera en la mano
camino del colegio
y al lado de tus hermanos.

“Adiós hijo de mi alma”,
decía aquel hombre llorando,
los angelitos del cielo
allí te estarán esperando.
 
Y delante de un crucificijo
con su hijo sobre el pecho:
“¡Díos mío me lo has quitado,
Tú sabrás porque lo has hecho”.


                                                                                         Pedro Toro Vilches (1928-2013)

5 comentarios:

  1. ¡Qué profundo homenaje, José María, le haces a tu padre!
    Me recuerda los momentos que yo viví al perder al mío , también hombre sencillo, honesto y de campo.
    Nunca muere un ser querido hasta que se olvidan sus recuerdos.
    Un fuerte abrazo que te dé fuerza en estos tristes momentos.

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  2. Primero me llegan tus videos en la universidad online en la que estudio y ya me llegaron al corazón, la profundidad y sencillez de tus palabras parecian salir de mi alma. Luego he comprado tu libro y es la misma experiencia que me sucede a mi con los niños que cuido pues soy cuidadora infantil cada día es día nuevo, lleno de magia de alegría de belleza. Y ahora veo este homenaje a tu padre que me da un vuelco el corazón pues a mi padre le pasó igual y si soy poeta es por él porque me hacía leerle el Martín Fierro de noche y era una enamorado de Juan Ramón Jimenez, somos de un pueblo de Asturias, mi padre emigró a la Argentina y luego volvíó con mi madre que es argentina para el pueblo y tampoco tuvo tiempo de escribir porque dedicó toda su vida a las vacas, a limpiar las calles, a limpiar las playas, de jornalero pero nunca perdió el humor y el amor por la poesía, decía la vida en verso porque su verso era consuelo. Si estoy estudiando magisterio es por hacer la diferencia, por una enseñanza pura, limpia de corazón y eso que me he puesto a estudiar online después de 15 años sin estudiar pero mi padre " Roberto Carracho" me hizo amar las letras,, el arte en general pero sobre todo me enseño la humildad y sencillez del campo, fui una niña super feliz corriendo por los prados, cuidando vacas y sintiendo que la naturaleza era mi madre, asi que no podía marchar sin contar mi experiencia porque veía en tus ojos la pureza de un campo en flor y eso es el reflejo de la misma mirada de tu padre. Gracias por tu labor y enhorabuena a tu padre porque me encantan sus poesías, mi padre ya ha fallecido pero mi primer libro de poesía que he publicado este año esta dedicado a ese ser puro que fue y que sigue movilizando mi corazón. Nadie muere, pues vive en nuestro recuerdo y en el amor que ha sabido transmitir, mi padre tampoco fue a la escuela, no había tiempo pero le encantaban los libros, luego en la argentina aprendió en la escuela nocturna. Un abrazo, me he emocionado y eso vale oro.

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  3. José Mª, me he emocionado profundamente al leer tus palabras y las de tu padre en forma de poema. Me recuerda a mi familia, también de campo, de pueblo. Personas que vivieron la dureza de lo que les tocó vivir pero que nos dieron una gran lección de vida. Y sobre todo me recuerda a mi padre. Un ser que también está ya en la otra orilla, pero al que no he dejado de sentir ni un solo día a mi lado; como estoy segura de que te ocurrirá a ti con el tuyo. Un abrazo muy fuerte.

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  4. Francamente sublime!! Me has emocionado....................

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  5. Les comparto . . .

    UN POQUITO DE SU SER

    “El cielo ante ti se abra, . . . amante de la palabra.”

    Treinta y seis, mil novecientos,
    con sus dones y talentos,
    llegó al mundo ser pensante,
    autodidacta brillante.

    Solo sexto de primaria,
    lectura . . . faena diaria,
    dominó múltiples temas,
    memorizó cien poemas.

    Muy respetable orador,
    excelso declamador,
    ¡di “Los Motivos del Lobo”,
    padre sano, señor probo!

    En el lenguaje, impecable,
    de una dicción admirable,
    varonil voz, gran cantante
    que, bailando, fue galante.

    Esencialmente, un artista,
    que su majestad persista,
    tuvo apego a la madera,
    la honestidad por bandera.

    Con poco se conformaba,
    el tabaco le gustaba,
    un buen trago con amigos,
    ellos mismos son testigos.

    Sin ser santo, hombre bueno,
    capaz, ilustrado, ameno,
    letrado, una enciclopedia,
    su carácter . . . cosa seria.

    Atenea, diosa preclara,
    sabiduría, virtud rara,
    hoy, que se apagó su vida,
    ¡mi conciencia llora herida!

    Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
    México, D. F., a 04 de enero del 2014.
    Dedicado a mi Señor Padre, Gonzalo Ramos Amaya (QEPD)
    Reg. SEP Indautor No. 03-2014-073110472600-14

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