miércoles, 4 de abril de 2012

Elogio a la lentitud.



Nuestra cultura ha acabado postrándose ante una nueva deidad, una moderna “trinidad” compuesta por la rapidez, la velocidad y la prisa.  Ante ella nos arrodillamos, entregándole en el altar de las ofrendas nuestro propio corazón.
En las olimpiadas siempre se reconoce y se premia a los más veloces. A veces me planteo si no es un poco absurdo consagrar toda una vida y machacar el propio cuerpo sólo por bajar unas décimas un récord olímpico.

En nuestro modo de entender la vida, de entendernos a nosotros mismos, no se levanta ningún podium para los lentos. No se otorgan medallas y reconocimientos a quienes no luchan contra el reloj sino a favor del tiempo.
La lentitud es proscrita, denostada y desvalorizada.
Cuando decimos que esta niña es lenta no estamos, precisamente, exaltándola, valorándola positivamente.
Cuando me dicen que la película era muy lenta me están invitando a que no vaya a verla.
Lo lento nos pesa, nos cansa, nos abruma y nos aburre.
Tal vez porque los ritmos lentos, las cadencias sin prisas y pausadas terminan acercándonos y mostrándonos nuestra falta de consistencia interior, el propio cansancio, la bruma en la que queremos ocultar nuestro propio desasosiego interno.
La rapidez y la velocidad siempre nos proyectan hacia fuera, nos centrifugan, dan cuerpo a la sutil huida de la propia verdad que nos habita. Correr no es sino un huir. Nos aceleramos para no darnos cuenta, para anestesiarnos, para dis-traernos.
Voy reconociendo, no sin dificultades, el sagrado valor de la lentitud.
Se me antoja que Dios es un Dios lento.... sin prisas...... que nos concede todo el tiempo del cosmos que necesitamos.
La evolución, contada en millones de años, es lenta. Dios no tiene prisa. Se mueve con lentitud, opera sin premura. Darwin, con su teoría de la evolución no niega un Dios creador sino que afirma un Dios lento.
La tortuga y el caracol son arquetipos de la lentitud. De ellos podemos aprender que sólo quien lleva su casa a cuestas no tiene prisa. No necesitan correr para llegar a ningún sitio, su casa va con ellos.
Yo no necesitaré correr más cuando me sienta que estoy en casa, que estoy en mi corazón y que, por eso, no tengo que precipitarme para estar en ningún otro lugar.
Ser lento es sentirse siempre en casa.
    Del libro: LA SABIDURÍA DE VIVIR.


 Enlace para el videotexto "Elogio a la lentitud. Para y no corras tanto".
VIDEO. ELOGIO A LA LENTITUD. PARA Y NO CORRAS TANTO.

3 comentarios:

  1. Hola amigo!! Precioso blog, como su autor. Lo he enlazado en el mío, junto al de Jacobo. Te dejo mi dirección www.juegoseducativosonline.blogspot.com
    Nos vemos prontito!!

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  2. Cuando mi hijo tenía tres años un día saliendo por la mañana del garage hacia el trabajo, al sentir un aceleron, me dijo: mamá, no sé porque corres para llegar al atasco...no sabes la de veces qué recuerdo esa sabia frase.creo que esas prisas no son naturales sino culturales,y más ahora que impera la cultura de la inmediatez.

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  3. Me ha encantado esta entrada. Practico karate desde los 6 años con un maestro que también enseña tai chi. Yo ya destacaba entonces por mi lentitud en casa, lo cual se me reprochaba por entonces. Una vez le propuse a mi profesor una "carrera de lentos", en la que teníamos que correr tan lento sin hacer pausas como para tardar más que nadie. Y le gustó la idea, porque al practicar tai chi, él mismo se daba cuenta de la dificultad que tiene un movimiento lento. La precisión que exige la lentitud para llenar el espacio y el tiempo con presencia se salta fácilmente cuando vamos a la carrera.
    Os deseo mucho tiempo para vivirlo lento.
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    www.agapeiatria.blogspot.com

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